Acuarela de paisaje. Pequeña cascada

Pequeña cascada

Acuarela de una pequeña cascada realizada en papel Arches rugoso de 300 gr en un tamaño de 48×61 cm

Acuarela de una pequeña cascada realizada en papel Arches rugoso de 300 gr en un tamaño de 48×61 cm

Allí donde el hombre derrotado en sus causas se descubre desnudo, donde el terror íntimo hinca el diente y el sujeto se estremece sin más protección que unos pobres argumentos, el arte, que en lo tocante al alma, siempre lleva la delantera, permite realizar una puntada de capiton a lo que está deshilachado.
Allí donde la ciencia no cree en el vacío y busca incansable la última ecuación, sondeando lo inefable en busca de respuestas acerca de la esencia del espíritu; o donde la religión se aferra al mito estirándolo infructuosamente en un intento de evitar el encuentro con el ocaso del padre y la estremecedora orfandad del ser, la creación artística realiza una operación en torno a ese vacío que permite “un poder hacer” con el insondable agujero sin tratar de comprenderlo.
En los tiempos del festín del ojo, en los que tramitamos nuestros vacíos devorando vorazmente las basuras de la red, en los que la bulimia de la mirada precede a la desnutrición del espíritu, el arte se hace cada vez más necesario y deja de ser un objeto superfluo o prescindible, para revelarse como la sublime chispa que nos permite lidiar con la siniestra fatalidad de la vida.
Cuidemos el arte, valoremos la creación, no solo como un pasatiempo o una posesión, sino como una muestra del maravilloso don de lo humanos que es la capacidad de transformar, de crear, de hacer del dolor y la oscuridad algo hermoso y evocador.

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Descripción

Acuarela de una pequeña cascada realizada en papel Arches rugoso de 300 gr en un tamaño de 48×61 cm

Allí donde el hombre derrotado en sus causas se descubre desnudo, donde el terror íntimo hinca el diente y el sujeto se estremece sin más protección que unos pobres argumentos, el arte, que en lo tocante al alma, siempre lleva la delantera, permite realizar una puntada de capiton a lo que está deshilachado.
Allí donde la ciencia no cree en el vacío y busca incansable la última ecuación, sondeando lo inefable en busca de respuestas acerca de la esencia del espíritu; o donde la religión se aferra al mito estirándolo infructuosamente en un intento de evitar el encuentro con el ocaso del padre y la estremecedora orfandad del ser, la creación artística realiza una operación en torno a ese vacío que permite “un poder hacer” con el insondable agujero sin tratar de comprenderlo.
En los tiempos del festín del ojo, en los que tramitamos nuestros vacíos devorando vorazmente las basuras de la red, en los que la bulimia de la mirada precede a la desnutrición del espíritu, el arte se hace cada vez más necesario y deja de ser un objeto superfluo o prescindible, para revelarse como la sublime chispa que nos permite lidiar con la siniestra fatalidad de la vida.
Cuidemos el arte, valoremos la creación, no solo como un pasatiempo o una posesión, sino como una muestra del maravilloso don de lo humanos que es la capacidad de transformar, de crear, de hacer del dolor y la oscuridad algo hermoso y evocador.

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