Durante mucho tiempo, una pregunta inquietante me rondó sin respuesta, cerniéndose como una nube oscura y pesada en mis días:
¿Para qué todo esto?
Fue una tarde, después de cerrar una muestra de esta exposición en otro lugar, cuando sentado frente a la chimenea me dispuse a leer vuestras palabras dejadas generosamente en mi «cuaderno de bitácora»
Entonces entendí que mi cruzada no es otra que intentar detener el tiempo, suspender la cotidianidad con una pequeña provocación, regateando por unos momentos el envite de ese engranaje mordiente que nos empuja ferozmente al siguiente instante, para dejar, en el vilo de una respiración, la posibilidad de contemplar lo sutil y volver a maravillarnos. Es para mí una misión el intentar alargar la mano y tratar de accionar las cuerdas que mueven el corazón de las personas, despertando la oportunidad de salir del sueño y tomar cada día una pequeña decisión, la de no ceder al empuje del tedio y hacer del instante un pequeño poema que nos saque creativamente del embrujo de la mecanicidad.
Cada vez que vuelvo sobre vuestras huellas me reconforto al comprobar que hay algo posible cuando podemos abrir el corazón de par en par. En vuestras palabras, siento que fuisteis «tocados» de alguna manera, algunos por mis acuarelas, otros por mis íntimas palabras, y otros porque lo mío, solo fuella excusa para volver a recordar lo vuestro.
Es entonces, cuando vuelvo a creer, cuando entiendo mi guerra y mi pregunta ya no es inquietante, sino esperanzadora: «Si el arte no nos salva de la muerte, que al menos nos salve de la vida«
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