Se podrían llamar artículos sobre acuarela y, en efecto, lo son, aunque no conviene engañarse, porque lo que aparece de inmediato no es la técnica ni el color, sino la tensión de esa hoja que espera, papel fuerte y absorbente que a la menor gota se convierte en territorio incierto. De pronto, el que pinta, comprende que no se enfrenta tanto a la blancura de la superficie como a la incómoda claridad de su propio pensamiento, que se filtra, se corre, se mancha sin pedir permiso, y quizá ahí resida lo vital, en aceptar que nada queda bajo control, que el agua manda y que uno sólo puede acompañar su curso, y lo demás, lo que se escribe en estas páginas, no son más que rastros de ese aprendizaje, reflexiones, apuntes a medio camino entre la pintura y la vida.
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